La NUCLEAR LMNZ.../.. Mecanismos de control .....2003-04



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La central / El Castillo


La idea de seguridad está actualmente cada vez más ligada a una desquiciada práctica del control, y desde ahí se desarrollan nuevos valores (sociales y políticos) desde una inquietante rehabilitación de lo que hace solo unos años consistían en contravalores o anti-valores que limitan la libertad.

El proyecto La nuclear LMNZ / Mecanismos de control de Marisa González aborda algunas de estas cuestiones y problemas desde una mirada incisiva, muy sutil y compleja, que utiliza la documentación como una herramienta de análisis, mientras hilvana una narrativa visual en la que los elementos simbólicos obligan a la recontextualización de la seguridad dentro de las mecánicas de control. Su trabajo no es documental, ni tiende a la reconstrucción ambiental, aunque esos elementos estén presentes como una metodología.

La exposición propone tres niveles que se concretan en tres espacios conectados: una instalación titulada Fallo General de Motores en la que se utilizan un gran número de medidores y relojes de control que pertenecieron al sistema de control de la central, una sala en la que diversos videos sumergen al espectador en un territorio delimitado y acotado por los muros y vallas metálicas y en los pasadizos de la "cota menos 20", y una sala en la que se reúnen diversas fotografías de la imponente mole del reactor y de los sistemas de vigilancia a través de cámaras que recorren el perímetro de la central.

Toda la intensidad de las imágenes se fija y concreta en una mirada que selecciona fragmentos y vestigios, como emblemas de un deslizamiento total de los significados.

El proyecto sigue un método en el que el propio proceso de trabajo construye un núcleo reflexivo y analítico, a través del desplazamiento de símbolos, significados e imágenes de las ruinas de la central nuclear de Lemoniz centrados en la idea de la seguridad y del concepto y actuación del control.

La central nuclear de Lemoniz tiene una historia, trágica en múltiples sentidos, que resume explícitamente las contradicciones, tanto de la historia reciente de España en su relación con la sangrante herida del terrorismo etarra, como de la evolución de la conciencia ecológica hacia la resistencia frente a la noción de progreso científico triunfante desde el positivismo de la "razón tecnológica" y el pragmatismo de la "razón capitalista".

La mirada de Marisa González centra su atención en la complejidad simbólica del conjunto e intenta analizar pormenorizadamente, como si se trataran de los capítulos de un relato finamente estructurado, los diversos elementos que configuran ese espacio en ruinas.
El control y la seguridad constituyen no solo una primera aproximación sino, sobre todo, una obertura simbólica de reflexión sobre las imágenes de la ruina - industrial- contemporánea.

En Lemóniz todo este sistema de vigilancia y de control estaba dirigido a prevenir el riesgo de catástrofe, fugas radioactivas o accidentes de consecuencias imprevisibles y letales, que fallos en el sistema de producción de energía nuclear pudieran producir. Este sistema de vigilancia también controlaba y limitaba el acceso al recinto de la central, con el objetivo de evitar que personas ajenas al trabajo que se desarrollaba en el complejo pudieran ser víctimas de las radiaciones al no estar adecuadamente protegidas o por el contrario que pudieran sabotear o atentar contra el sistema provocando una catástrofe.

Kafka construye en El Castillo una metáfora de la impenetrabilidad, del poder como un control no solo arbitrario, sino indiscernible, lejano, siempre delegado en una cadena de subalternos imposible de superar. La central es un búnker industrial, es como El Castillo.
En Lemóniz, como en todos los complejos industriales que entrañan un riesgo de catástrofe, los estrictos sistemas de control están en función de una seguridad que busca la protección.

En su caracterización del mundo contemporáneo, Paul Virilio subraya la centralidad del accidente y de la catástrofe, que aparecen como los síntomas del riesgo permanente que entraña tanto el sistema de producción industrial, como la red de comunicaciones que se basan en la velocidad. La catástrofe es el elemento que articula y configura un nuevo paisaje de devastación, mientras los sistemas de seguridad y control tienden a convertirse en la estructura desde la que se organiza y dirige.

El espacio de la central nuclear de Lemóniz resume tanto la imagen de catástrofe como la de control y seguridad, dentro de un aura de fracaso que le otorga su condición de ruina, de lugar abandonado y en proceso de demolición.

Seguridad y control también es un binomio que define lo contemporáneo como resultado del fenómeno global del miedo. A partir de la reciente construcción de una política basada en el miedo y en la sospecha, los instrumentos que sirven para la protección se ponen al servicio de un generalizado control, obsesivo en su mecánica e indiscriminado en sus métodos. El control en este marco ya no está solo en función de la protección, ni siquiera en la afirmación de la seguridad, sino que se activa como un mecanismo básico regulador del funcionamiento social. El control actúa como el nuevo eje de las relaciones sociales y políticas, imponiendo un nuevo esquema de límites y restricciones.

A través de las imágenes de las ruinas de la central de Lemóniz es posible reconstruir algunos de los símbolos de lo que ha significado el control en la historia del siglo XX: muros de cemento, alambradas, vallas metálicas, torretas y cámaras de vigilancia, sirenas, mecanismos de alarma, y medidores de riesgo. Las trágicas experiencias de los grandes conflictos armados y sus derivaciones en las masacres y genocidios, han reflejado un archivo de imágenes del control, como sinónimo del horror. Pensemos en como las alambradas y las torretas de vigilancia, evocan la imagen y el espacio de los campos de concentración nazis o del gulag. Sin embargo esas imágenes no solo no han desaparecido, se han ido repitiendo y perfeccionando a través de otros sistemas de control y represión durante el siglo XX, hasta recapitular y actualizar las novelas que desde la perspectiva anti-utópica de la ciencia ficción intentaron trazar una peculiar historia de la catástrofe basada en el control.

Cuando Aldous Huxley publica en 1932 A Brave New World (Un mundo feliz) las sociedades europeas se encuentran inmersas en profundas convulsiones sociales que anuncian el surgimiento de sistemas políticos de carácter totalitario, en los que el individuo pierde progresivamente su capacidad de intervención política, de decisión y de pensamiento, sometido a los dictados del estado, del partido único, de la clase social o del pueblo. Aún no se habían puesto en marcha las siniestras maquinarias de los campos de trabajo y de exterminio, pero era ya perceptible, como una posibilidad catastrófica el surgimiento de una sociedad del control. El paisaje que dibuja Huxley en su novela es el de una sociedad de individuos anestesiados, cuyas vidas se encuentran sometidas a un permanente control, adormecidas a través de una droga social (el soma) y apaciguada la necesidad de ocio desde un sistema de televisión obligatoria. Todo ello se centra en el objetivo de crear la sensación (el espejismo) de una felicidad perpetua, sin preocupaciones, instalada en un destino de seguridad. El nivel de control es lo que determina el grado de felicidad, a través de la reducción de la libertad como condición imprescindible de un funcionamiento ordenado y eficaz de la sociedad. Para conseguir esta armonía social, es necesario que todos los individuos acepten sin fisuras los dictados y los métodos de la felicidad por el control.
Tras la catástrofe de la II Guerra Mundial, George Orwell, retoma desde una perspectiva muy diferente, en Nineteen-Eighty Four, a novel (1984) publicado en 1949, la premisa del control sistemático como instrumento del orden totalitario. En 1984 sin embargo el panorama que delinea Orwell no es precisamente el de una felicidad obligatoria: el control ha invadido la vida cotidiana y no hay ninguna esfera personal que quede oculta al poder.

Si el mundo de Huxley posee una cierta luminosidad que le otorga quizás, esa felicidad irreal; el mundo de Orwell, es oscuro, en penumbra y opaco, y refleja el fracaso de lo tecnológico en el férreo control. Dominan los interiores precarios y allí se desenvuelve la angustia, una sensación opresiva: el encierro ha desterrado esperanzas.

De alguna forma el mundo actual muestra aspectos coincidentes con la sociedad adormecida pero destelleante de Huxley, sin embargo bajo las apariencias afloran las quiebras, propias de la catástrofe que dibuja Orwell desde los excesos del control.

La mirada permanente del Gran Hermano de 1984 se ha reproducido como síntoma del peligro y del miedo en las innumerables cámaras de vigilancia que ahora están presentes en las calles de muchas ciudades. Las cámaras de vigilancia que fueron instaladas inicialmente en el interior de bancos, edificios, accesos y recintos que era preciso controlar, barren también las calles. Sin embargo estos sistemas de vigilancia han permitido en muchos casos, detener a terroristas (como los etarras que asesinaron a un guardia municipal en plena calle en Barcelona y cuya huida fue grabada por la cámara de un cajero automático de manera no intencional) o a otros delincuentes (como el joven que secuestró a un niño en un centro comercial en Gran Bretaña, y que más tarde asesinó a su víctima). La vigilancia y sus sistemas contienen además un importante ingrediente disuasorio, que aunque no impide ni previene el delito, lo limita y en ciertos casos pone los medios para detener a los culpables.

El control contemporáneo está mostrando la ambigüedad de la seguridad y en la exhibición de sus mecanismos altera la vivencia del espacio público y privado, mientras genera un espacio simbólico para la restricción y naturalmente el miedo. Este es el contexto que explica una película como Minority Report en la que se escenifica una sociedad que ha establecido un sistema de prevención de delitos que permite actuar antes de que estos tengan lugar, en el momento previo, en el lugar adecuado. La teoría de la guerra preventiva, inaugurada en Irak por el gobierno estadounidense de George W. Bush, constituye una de sus aplicaciones más perversas, en tanto que supone la vulneración del derecho internacional.

En este sentido resulta muy interesante estudiar como el concepto de seguridad ha evolucionado desde la idea armónica y equilibrada de "orden" hacia el caos de la catástrofe que aflora implícito en la idea de "control".

En la actual bandera de Brasil, la que instituye la república que liquida a finales del siglo XIX el Imperio, instituido por la monarquía portuguesa como una peculiar fórmula de independencia, figura la leyenda "Ordem e Progresso". El orden era un sinónimo político de estabilidad, de equilibrio interior, y funcionaba como un mecanismo de estabilidad en el respeto escrupuloso de la ley. Sin embargo bajo la idea de orden se consagraba, en aquel tiempo, una estructura social a la parálisis, al estar esta basada muy a menudo en privilegios y en exclusiones: cualquier medida o proyecto de ley que no tendiera perpetuar esas mismas estructuras podía ser considerado como un ataque al orden, como una subversión, o como sinónimo de inseguridad.

Desde el XIX y a lo largo del siglo XX la seguridad ha sido expresada a través de la idea de orden, que a su vez ha ido evolucionando a través de la necesidad de control. Mientras tanto el control que se empezó a aplicar de una manera sistemática en el ámbito penitenciario y carcelario a través de la introducción del panóptico de Bentham, ha invadido tanto el espacio social como el político. El panóptico que dio forma a las nuevas cárceles a lo largo del siglo XIX supuso liquidar la mazmorra, espacio oscuro y oculto donde el prisionero era abandonado a la libertad de su propia intimidad, para estructurar un espacio de exposición total del recluso a la visualidad del carcelero: la posición central del vigilante en el edificio panóptico permite ejercer un control exhaustivo del recinto y reducir el espacio íntimo de los vigilados.

Así, mientras la estructura social va adoptando un sistema panóptico, que recuerda al mundo de Orwell, pero ahora iluminada y ficticiamente abierta, el control determina que edificios industriales y energéticos (como la central nuclear), que están sometidos a la dinámica de riesgo de las catástrofes, se convierten en fortalezas inexpugnables, en búnkers herméticos y secretos. Pero también las viviendas han ido asumiendo un carácter de búnker y de pequeña fortaleza. Las puertas blindadas y las cadenas se generalizaron en las grandes ciudades como un medio disuasorio antirrobo que protegía el espacio cotidiano de la intimidad. Pero también la visualidad de muchas ciudades ha sido transformada por la necesidad de disuasión, seguridad y control.

En una ciudad como San Salvador, cuyo crecimiento lo largo del siglo XX se realizó a través de colonias y urbanizaciones de casas unifamiliares con jardines abiertos a aceras y calles arboladas, el paisaje urbano fue sufriendo una constante alteración de los diversos elementos a partir del conflicto armado que degeneró en una de las más cruentas guerras civiles de América Central. Primero los jardines se cerraron con muros, luego las ventanas y puertas fueron dotadas de rejas, que cumplían muchas veces la función de cercas, más tarde los muros, los balcones, los tejados y los voladizos, las ventanas y las terrazas fueron protegidos por alambradas de cuchillas (razor) que recuerdan y remiten a la alambrada de trinchera por su curvatura. La alambrada invade todo y se convierte en un símbolo de identidad urbana para una mirada atenta que sepa resaltar lo accesorio como esencial.

Este fenómeno funciona como un símbolo de la huella de la prolongada guerra civil, pero también refleja el deterioro de la seguridad tras la desmovilización y la paz que deja en manos de la delincuencia común a todos los excombatientes, cuya formación y capacitación se ha realizado en la violencia. En los últimos tiempos la alambrada (existen diversos tamaños y diferentes medidas de curvatura) se ha empezado a colocar en los quicios de las puertas: ya no basta la puerta blindada pues esta es susceptible de ser arrancada, y solo el impedimento de la alambrada es capaz de disuadir. De este modo San Salvador exhibe la alambrada como un elemento distintivo, casi ornamental, que como una orla o un bordado adorna y decora el perfil de las casas: aparece la línea del cielo como alambrada, el razor-sky-line.

Marisa González elabora una reinterpretación simbólica del control y de la seguridad bajo la evocación que sugiere la ruina industrial de Lemóniz, inscrita en un paisaje de hondas referencias románticas. Las ruinas frente al mar construyen una imagen simbólica del control y del fracaso de la utopía tecnológica que para sobrevivir necesita convertirse a su vez en una antiutopía, o en una utopía negativa, como la orwelliana.

En el trabajo sobre Lemóniz, que conecta con la reflexión sobre la ruina y la destrucción del mundo industrial que la artista ya abordó en el proyecto La Fábrica, se intenta recuperar una mirada estética que integre la ambigüedad que implica tener miedo y reivindicar la libertad.

Hay pocas imágenes tan bellas y tan sugerentes de contradicción como la que muestra uno de los videos de la artista: las olas de un Cantábrico enfurecido baten los muros de cemento que protegen la central, y se estrellan en explosiones de agua. Sobre el muro aparecen las vallas electrificadas y cámaras de vigilancia dirigidas hacia una naturaleza implacable. En su novela El desierto de los tártaros, Dino Buzzati, expresa un sentimiento de inutilidad y grandeza, de angustia, miedo y desesperanza. En el relato, en primera persona, un soldado vigila desde las almenas de una fortaleza inexpugnable un inmenso desierto por el que año tras año se espera que venga la invasión, que nunca llega, de las hordas de los tártaros. Otra metáfora para el mundo actual que se está quedando sin metáforas.

Santiago B. Olmo

Critico de arte y comisario independiente



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