El Reloj parado,  la retención del tiempo

Recorridos

En las naves de los hornos hasta se podía sentir el calor, el ruido de los motores y el olor de la masa. Escaleras caracol de elaborados forjados, inmensas salas de máquinas que más bien parecían locomotoras, los gigantes rodillos de amansamiento manual estaban perfectamente alineados por tamaños.

Espacios blancos donde las grandes calderas de amasamiento permanecían impolutas alineadas en largas filas.

Entre los diversos silos de interior, unos eran inmensos como capillas, otros como grandes tiendas de campaña. Los artefactos de forma cúbica, de madera de caoba, con lonas tubulares blancas en su interior, sirvieron para airear el proceso de fermentación de la levadura; accionados por los motores, parecían máquinas imposibles y tan sofisticadas, que sorprendía el que en algún momento hubieran tenido una función tan elemental. Las naves de manipulación y producción estaban perforadas y comunicadas en vertical por toboganes, pozos invisibles, tubos multicolores que se entrecruzaban y que cada uno había transportado en su interior y en vertical desde el sexto piso hasta el sótano las diferentes clases de granos que descendían de los silos a las moliendas, en cuyo recorrido, el polvo blanco llegaba transformado en masa fermentada para entrar en los hornos y salir a la flota de camiones que esperaban las hornadas de madrugada para iniciar su recorrido a los más de quinientos puntos de venta, llegar temprano y suministrar el pan, antes de que la ciudad despertara.

Nave de azulejos blancos, toda ella acristalada y luminosa, vacía; era un espacio extraño que podía haber pertenecido a un manicomio porque sólo contenía diez celdas numeradas con su correspondiente cartel y alineadas por parejas que recordaban a un espacio fuera del tiempo y del lugar, como siniestros contenedores verticales de personas.

Tratado del pan y la harina

Este tratado, mecanografiado, es una traducción del tratado italiano realizado en los años 30 bajo el mandato del Duce por el presidente de la asociación fascista italiana de panaderos. Los técnicos e ingenieros lo aplicaron en nuestro país en años posteriores, dada la similitud ideológica y de población de ambos pueblos.

Este tratado teórico consta de capítulos extensísimos sobre la morfología, composición, estudio social, etc. del grano, las moliendas, la harina, y por último, un detallado documento de los diferentes procesos en la fabricación del pan.

Planos, repuestos, herramientas, carteles de seguridad y de reglamentos.

En el ala de las oficinas me encontré con los despachos de madera con artesonados, la gran sala de juntas con una monumental mesa de madera, que representaba el poderío de los propietarios y asistentes al consejo de administración, cuando se fundó a finales del siglo XIX y a lo largo de todo el siglo XX. El espacio central de los oficinistas era una gran nave sin muros, gris y obscuro, con la iluminación de siniestros neones, pero aún se percibía su historia y el sabor de haber sido un gran espacio de actividad y orden. Por su apariencia decadente se veía que no había pasado el tiempo y que permanecía tal cual lo construyeron, donde todos los empleados administrativos compartieron el mismo espacio, mesa con mesa, codo con codo en los grandes escritorios de a cuatro de madera y hule. Los cajones vacíos estaban volcados por el suelo, donde encontré montañas de documentos, notas, carpetas desgastadas repletas de documentación, tratados teóricos sobre la panificación del año 30, memorias, escrituras notariales, cartas, los pequeños archivos de cada sección, los nidos que los empleados guardaron en el cajón durante toda su vida, hasta que llegó el momento definitivo del cierre y ya consideraron que no tenían ninguna utilidad. Estos empleados, congelaron la historia, la retuvieron, guardaron lo que ellos consideraron imprescindible guardar, pero que ya sólo tenía significado para ellos. Las siguientes generaciones que les sustituyeron a lo largo del siglo los conservaron con el mismo respeto y consideración, sin desprenderse de ellos, conscientes de que cada uno formaban parte de la historia de la fábrica y reflejaba de alguna manera lo que fue la historia del Bilbao del siglo XX.

El gran almacén de trastos custodiados bajo llave, donde los objetos se acumulaban y las montañas de útiles, que a lo largo del siglo habían sido desechados y sustituidos, permanecían arrinconados ordenadamente por el celo de algún empleado que creía en el reciclado.

Conceptos del reciclado, a través de la recuperación.

Las transformaciones que se producen en el proceso de representación gráfica, en un intento de construir nuevos mundos, nuevas vidas, con el objetivo de transcender a través del reciclado; «…lo que es deja de ser para convertirse en otra cosa, sufre un proceso de reencarnación. Es un atrapar, estirar el tiempo de permanencia, temor a la desaparición, es en definitiva un temor a la muerte»

Marisa González

The still clock, the time retained

Routes

On a light day, atypically from Bilbao, I went through the factory to register it with my camera’s. I went up and down stairs of elaborate forges, I encountered immense machine halls which looked more like locomotors, the giant rolling pins to knead the dough by hand were still perfectly lined up according to the size. The scale of everything was monumental. Immense oven naves allowed me to reconstruct the situation awaiting the order for someone to move the lever or press the button so that the action would begin and everything began, even the heat could be felt, the motor’s noise and the dough’s smell.

I went through the spaces where the great kneading boilers rested perfectly aligned up in long rows. Among the different silos in the inside, some were huge as chapels, others like big tents. The cube-shaped artifacts, of mahogany, with white tubular canvases in the inside, were for the breathing in the yeast’s fermentation process. Functioned by machines, they seemed to be impossible machines, and so sophisticated that it seemed amazing that they would have had such an elemental functioning at some moment. The manipulation and production premises were perforated and vertically communicated with slides, invisible wells, multicolored tubes which intercrossed and in which each had vertically transported from the sixth floor to the basement, all the different sorts of grain which descended from the silos to the mills. In this process the white powder became a fermented dough to enter the ovens and go out the trucks which awaited the dawn bread to begin their route to the over five hundred sales points, be early and supply the bread before the city wakes.

On the last floor I found a white tiled section, windowed and luminous, empty. It was a strange space which could have belonged to a psychiatric because it only had ten numbered cells with their signs and lined up in pairs which recalled a time-less space out of the place, like sinister vertical containers for people.

In the office wing, found the carved wooden offices, the great boardroom with a monumental wooden table, representing the power of the owners and the assistants to the board of trustees meeting, when founded at the end of the 19th Century, and throughout the whole of the 20th Century. The central space for the office workers was a large wall-less hall, grey and dark, lighted by sinister neons, where one could still breathe its history and the scent of having once been a space filled with activity and order. Given its decadent appearance, it could be observed that nothing had changed since its construction, where all of the administrative employees shared one same space, table against table, elbow against elbow at the large desks for four made of wood and oilcloth. The empty drawers were on the floor, where I found piles of documents, notes, wasted folders filled with documents, a theoretic treatise on flour and bread research from the 30´s, reports, notary papers, letters, each section’s small files, the nests each employee kept in his drawer throughout their whole lives, until the final hour of closure came, and they considered it to have no further use.

This employees froze history, held it back, kept what they believed necessary to keep, but which now only had meaning for themselves. The following generations which replaced them throughout the century also kept them with the same consideration and respect, without letting go of them, conscious of the fact that each of them was a part of the factory’s history and in some way reflected with the history of the city of Bilbao had been in the 20th Century.

Treatise on flour and bread from the 30´s

Among the documents abandoned during the office emptying, I found a 400 page long document containing a treatise on flour and bread, which, given its out-dated language and the historical period in which it was written, becomes a peculiar and unbelievable curiosity which deserves too be fragmented and rescued. This treatise, typed, is a translation of the Italian treatise written in the 30’s under the Duce’s rule, by the president of the Italian fascist baker’s association. The technicians and engineers used it in our countries in the years after, given the ideological y population similarity of both countries. This theoretical treatise is made up of very extensive chapters on morphology, composition, social study, etc., of the grain, the flour, and lastly, a detailed document on the different processes of bread manufacturing.

Marisa González